Si yo tuviera que irme a una isla desierta con sólo unos pocos libros, me llevaría una docena. Seis de arquitectura para aprender y seis de puro disfrute para disfrutar. Y un ejemplar de la Biblia para llorar con los Salmos de David. Serían los mismos libros que regalaría a un hijo mío si decidiera estudiar arquitectura.